México se encuentra en una situación crítica….. cada día 10
mujeres son asesinadas.
el halconazo y los estudiantes del 68,
Los muertos de Aguas Blancas (17),
El incendio de la guardería ABC en Sonora (más de cien niños afectados)
Los muertos de Tlatlaya (22) ,
Acteal (45)
Iguala (43).
sin olvidar el aumento del huevo, el gasolinazo, la tortilla, el limón,
los medicamentos….
Las escuelas regionales y agrícolas que se formaron a partir de la
revolución mexicana, por ahí de 1920, fueron la base para lo que conformaría
las escuelas normales rurales. El propósito era simple, formar rápidamente
maestros que enseñaran a leer y escribir, mientras se introducían nuevas
técnicas agrícolas que formaran cooperativas para complementar las necesidades
de comunidades aledañas. La ideología de la revolución mexicana estaba inserta
en las normales rurales y dio paso a una enseñanza que se centraba más en la
movilización y agitación que en la alfabetización. A la fecha, las normales
mantienen ideales revolucionarios que pierden vigencia ante un mundo que los
rebasó, y solo ve en ellos a radicales que pretenden polarizar y generar
violencia.
Es natural que el
olvido al que se ven sometidas las normales rurales provoque choques y demandas
ante un Estado que a todas luces no tiene las riendas del país. El crimen
organizado y la corrupción conducen a una ingobernabilidad que mantiene a las
comunidades en hambre y pobreza. Las políticas públicas como “México sin
hambre” tienen el efecto de un apósito adhesivo en una llaga que cada vez se
hace más grande. Lo sucedido la noche del 26 de Septiembre de 2014 en el
municipio de Iguala, Guerrero, es el fresco ejemplo de la inexistente
aplicación de justicia que impera en todo el país, y a casi 100 días de la
desaparición de los normalistas atacados, parece que nada quedará claro. Los
hechos, como han sido entregados a la ciudadanía, involucran a policías
municipales de Iguala y estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro
Burgos, dejando al menos 6 personas muertas y 43 desaparecidos. Los estudiantes
se conglomeraban para asistir a la ciudad de México y formar parte de las
manifestaciones relacionadas con el 2 de octubre, todo esto ante un ambiente de
vandalismo, secuestrando unidades que serían utilizadas para su transporte. Lo
demás como suelen decir, es historia.
¿Quiénes son los
culpables?¿Cómo debe actuar la ciudadanía?
Iguala es un punto clave en la coyuntura que vive el país, y nos hace
ver eso que hoy consideramos normal en la vida de todas las personas; el
miedo a una muerte violenta y la inseguridad. Caso curioso que recuerde al
estado de naturaleza que Hobbes planteó hace 4 siglos y que parece cobrar vida
en el México del siglo XXI. La sociedad se ha visto rebasada por el poder que
depositó en sus gobernantes y la vigencia del estado de naturaleza se hace
presente en las calles de todo el país. Lo que vivimos hoy es cualquier cosa
menos un Estado de derecho. Las soluciones que proponen las ineficaces (y sin
embargo importantes) marchas por justicia, van desde la renuncia del actual
presidente Enrique Peña Nieto, hasta… pareciera que no hay más, vamos, ni
siquiera pareciera ser una solución ante la situación actual. La creencia fútil
de “cortar la cabeza”, que promueve el “movimiento estudiantil” para que el
cuerpo funcione, supone el correcto funcionamiento de todas las demás partes;
nada más equivocado. Desde la ciudadanía vivimos, no una apatía política, sino
una hipocresía política. Gran porcentaje de la población se encuentra en estado
de exigencia sin siquiera exigirse a sí mismo tiempo para conocer el
funcionamiento de su propia delegación o municipio. Muchos ni siquiera sabemos
en su totalidad cómo funciona la aprobación de una ley, o las vías
constitucionales a las que tenemos acceso para exigir lo que se pregona en las
calles o las redes sociales. La solución para todo es marchar (marchas que por
cierto le son informadas con anticipación al gobierno para que esté preparado;
de risa), y asamblea tras asamblea se reúnen en las universidades para decidir
cuándo marchar. Las universidades están faltas del labor que tanto enarbolan.
Las “cedes de pensamiento crítico” quedan paralizadas en sus aulas sin tomar un
papel activo en las decisiones del país. Se promueve el paternalismo en cada
una de las llamadas asambleas “interuniversitarias” sin pensar en opciones que
vayan más allá de la política, porque son sólo eso, intereses políticos que el
alumnado respalda al grito de “fuera Peña”. Lo centros de investigación en las
universidades carecen del peso se supone deben tener; no hay una amplia
difusión de su trabajo y parece que el gobierno no las toma en cuenta.
Sin embargo, las
atenuantes irregularidades requieren formas de organización social que
promuevan el crecimiento de una entidad: pobladores que viven del turismo,
sabiendo que el Estado no les ayudará forman comunidades para mantener limpias
las playas, el surgimiento de grupos de autodefensa en comunidades donde las
autoridades no han podido efectuar resultados efectivos que apacigüen las
inconformidades de sus pobladores, etc. Las formas de organización
cooperativista desafían la teoría económica convencional y el Estado se
ve nutrido desde la base, ya que cada poblador de una delegación o municipio
toma parte activa de problemas particulares en cada demarcación. Es difícil,
claro, pero al menos así tendríamos más que un “yo pago impuestos” para exigir
que el gobierno nos ayude a formar un país que no viva hundido en violencia;
con cada parte del Estado (Territorio, población y gobierno), comprometido con
el poder que tiene y explotando cada una de sus capacidades, podríamos dejar de
apuntar el problema a los otros, reconociendo que el Estado no se forma desde
arriba y que la parte fundamental, la capacidad ciudadana, está
siendo inoperante. En ese sentido, el caso de Iguala, no es un acto de
barbarie del Estado, sino de ausencia de Estado, y de eso somos culpables
todos. Pero, sería justo juzgar al obrero que, cada mañana madruga para laborar
y llevar sustento a su familia, de efectuar actos de apatía y falta de
compromiso social, es decir, ser culpable de cientos de muertes de ciudadanos,
estudiantes, mujeres, niños, indigentes, inmigrantes, indígenas,
trabajadores, etc. O es que todos tenemos un pretexto o razón para no
participar. O es que todos tenemos la culpa, pero a la vez somos inocentes.